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Oscar
Acevedo .
Columnista de EL TIEMPO.
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Este espacio está normalmente dedicado a cubrir temas
relacionados con el acontecer de la música en nuestro
país. Hoy, sin embargo, a raíz de la propuesta
de reducir el horario de la ciclovía, les agradezco
a los lectores que me permitan exponer algunos argumentos
en defensa del horario actual. Debo aclarar que escribo estas
líneas en pleno festivo, mientras un aproximado millón
de pedalistas -un jurgo- aprovechan este espacio de convivencia
y esparcimiento que surge de manera milagrosa cada domingo
y que pareciera no existir en esta ciudad los días
laborales, en los que las vías se convierten en zonas
de combate y son ferozmente disputadas por los vehículos,
que circulan sin tener muy en cuenta a los peatones y a algunos
arriesgados ciclistas que se aventuran a usurparles a los
todopoderosos choferes un pequeño trozo de carril para
transitar. Claro, estos pobres aventureros llegan a sus casas
tiznados del hollín de nuestro diésel, de tan
mentada mala calidad.
En
cambio, los domingos esto desaparece, por lo menos por un
rato afortunadamente largo, y surgen unas caras maravilladas,
que reflejan asombro en sus ojos. Caras sorprendidas de descubrir
una ciudad amable, seres provenientes de todos, absolutamente
todos, los rincones de la ciudad, que comparten democráticamente
el espacio común que ahora nos quieren limitar.
La ciclovía
es un lugar donde los niños aprenden a moverse en
la ciudad, a conocer sus calles y a circular en orden. No
hay otro sitio como este para que ellos asimilen esta lección
básica de movilidad. El beneficio que obtiene la
ciudad por la ciclovía es enorme: le brinda a casi
la quinta parte de sus habitantes un lugar de desfogue para
recargar baterías, personas que, de no tener esta
oportunidad, se convertirían en energúmenos
por la falta de esparcimiento y harían invivible
la capital. Así de simple.
Los
trancones que se han generado para permitir la circulación
de bicicletas, cochecitos, caminantes, patines y caras sonrientes
son fácilmente solucionables con otras medidas distintas
de la reducción del horario. Una posibilidad es alargar
el tiempo de semáforo que pacientemente esperaríamos
los ciclistas para que pasen los conductores presos en esa
agobiante jaula en la que se convierte su automóvil
cuando está detenido. No problem. De hecho, lo hacemos
todos los domingos y, de paso, tomamos un airecito para
continuar el pedaleo. Creo que la medida del recorte horario
es retrógrada y solo consigue devolverle un inmerecido
imperio al automóvil particular, bicho esclavizante,
del cual la civilización tendrá que prescindir
pronto, para dar paso a un transporte público organizado
y, obviamente, a la silenciosa bicicleta.
acevemus@yahoo.com
Oscar Acevedo
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