Si
Bogotá no logra progresos frente a su crisis de movilidad,
antes de tres años comenzará a perder competitividad
aceleradamente. Los trancones de tráfico pueden limitar
dramáticamente el progreso de la ciudad. “Las
empresas empezarán a trastearse a otra parte”,
afirma Juan Camilo Nariño, gerente seccional de la
Andi para Bogotá y Cundinamarca.
No es simple alarmismo, ni es Nariño el único
que lo dice. Juan Martín Caicedo, presidente de la
Cámara Colombiana de la Infraestructura, cree que si
no se logra agilizar el transporte en un plazo de ese estilo,
“la ciudad colapsaría”. Cualquier bogotano
que piense en desplazarse durante las horas pico, puede entender
de qué están hablando quienes predicen un colapso
de la ciudad por falta de movilidad.
No
hay que ser experto para entender la magnitud del costo económico.
Basta asomarse al día a día de una empresa bogotana
para verlo de primera mano. Para Interlogística, una
sociedad de intermediación aduanera cuyo éxito
depende de la agilidad en el desplazamiento dentro de la ciudad
llevando carga, los embotellamientos han representado incrementos
de 15% a 25% en sus costos de operación. La empresa
ha tenido que desarrollar una variedad de recursos para enfrentar
los impredecibles trancones, desde contratar furgones livianos
que pueden desplazarse con mayor facilidad (pero con mayor
costo por kilo) hasta construir detallados mapas de rutas
alternativas, para poder cumplir con la promesa de entrega
“justo a tiempo”.
Ricardo García, gerente de Interlogística, dice
que “nunca nos imaginamos que el problema del tráfico
iba a consumir un porcentaje tan alto de nuestra gestión”.
Si esto le ocurre a una empresa especializada en logística,
¿qué puede estar pasando en las pyme comunes
y corrientes, cuya supervivencia puede depender de dos o tres
camiones para cumplir con sus despachos?
Nos
hemos acostumbrado a pensar en el problema de la falta de
movilidad como algo que afecta a los individuos, pero rara
vez nos damos cuenta del daño que causa a las empresas.
La dificultad para asegurar la llegada de los pedidos y las
entregas, la reducción en el número de clientes
que los vendedores pueden visitar cada día, los obstáculos
para coordinar la acción de los gerentes, son problemas
que se van acumulando imperceptiblemente, pero que pueden
llegar a generar costos insostenibles.
Para
entender el impacto de estos costos, basta un ejemplo: si
un vendedor debe visitar 10 clientes en un día, pero
por cuenta del tráfico esta cifra se reduce a 9, entonces
una empresa mediana, que depende de una fuerza de ventas de
10 personas, tendría que contratar un nuevo vendedor
de tiempo completo, tan solo para compensar el efecto de la
congestión vehicular. Imaginemos qué puede pasar
cuando el problema no solo afecta las visitas de los vendedores,
sino también los pedidos de los proveedores y los despachos
a los clientes. La mayoría de las empresas de Bogotá
enfrenta esta situación, pero pocas se detienen a hacer
cuentas sobre lo que les está costando el trancón.
Es
más, un cálculo conservador de cuánto
es el costo para las compañías bogotanas pertenecientes
a las 5.000 empresas más grandes del país nos
muestra que los sobrecostos que tienen en sus costos de ventas
y gastos de administración y operación, sumado
al tiempo que su mano de obra gasta de más transportándose
y al menor consumo que esto genera, le podría estar
costando a la ciudad entre $15,7 billones y $30 billones.
Paradójicamente,
la ciudad ha logrado resultados importantes en sus esfuerzos
por mejorar la movilidad. Sin embargo, el crecimiento del
problema supera los progresos. La velocidad de desplazamiento
del transporte público en Bogotá disminuyó
cerca de dos kilómetros entre 2004 y 2007 –de
23 a 21 km/h– gracias a Transmilenio. El tiempo de viaje
de los usuarios se redujo en un 32%, la contaminación
de partículas disminuyó en 40% y se recuperó
parte del espacio público, no solo para transitar sino
para vivir. A pesar de esto, el tiempo de desplazamiento promedio
aumentó de 49 minutos a 53,8 en el mismo periodo. Esta
contradicción se explica porque el acelerado crecimiento
de la población y el área construida de Bogotá
llevan a que muchas más personas deban hacer viajes
mucho más largos. Este es el tipo de situación
donde es necesario correr cada vez más rápido,
simplemente para mantenerse en el mismo puesto. Cuando un
problema de este estilo toma ventaja, puede convertirse en
un desastre en corto tiempo.
El
problema de la movilidad en Bogotá está ampliamente
diagnosticado y, en términos generales, hay consenso
respecto a la urgencia de resolverlo y a los elementos de
la solución. Sin embargo, la comprensión que
la opinión pública tiene del tema es superficial
y, con frecuencia, distorsionada. Por ejemplo, la forma como
quedó planteado el tema en el contexto de la pasada
campaña por la alcaldía, lleva a muchos bogotanos
a pensar que todo se reduce a escoger entre Transmilenio y
un metro. En realidad, el corazón del tema es la adopción
de un sistema integrado que desarrolle un solo concepto a
partir de distintas modalidades de transporte y donde, además,
los ciudadanos tendrán que acostumbrarse a nuevas restricciones
en el uso de vehículos particulares.
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El
tamaño del lío
El
primer paso es entender la magnitud del problema en que está
metida Bogotá. Según el secretario de la Movilidad,
Luis Bernardo Villegas, la velocidad promedio de desplazamiento
de 23 km/h se reduce en las horas pico a menos de 10 km/h
debido a la congestión del tráfico. Esto implica
que hoy un bogotano está gastando entre dos y tres
horas en sus viajes diarios de la casa al trabajo.
Como
trasfondo del problema del tráfico aparece una profunda
desigualdad social. Ricardo Montezuma, experto de la Universidad
Nacional en el tema de movilidad urbana, asegura que la población
de los estratos 1, 2 y 3 (86% del total de la población
bogotana) tiene una tasa de inmovilidad superior al 50%, es
decir, son las personas que menos viajes realizan. “En
Bogotá, una persona de estrato 6 realiza al día
casi el doble de viajes más que una persona de estrato
1. Los primeros van en automóvil particular y los segundos
en transporte público y a pie”.
Quienes recorren mayores distancias en sus viajes y demoran
más tiempo en ellos son las personas que residen en
los extremos de la ciudad, en las localidades de Suba, Bosa,
Usme y Ciudad Bolívar, precisamente donde está
el mayor porcentaje de la población de los estratos
más bajos. “Ellos son quienes tienen que hacerle
frente a un sistema de transporte público ineficiente,
desordenado y poco digno. La falta de transporte limita sus
posibilidades de apropiarse de la ciudad y de acceder a empleo,
salud, educación o cultura”, afirma Montezuma.
De hecho, según la Encuesta de Movilidad realizada
por la Secretaría de Movilidad, en 2005, los viajes
a pie tienen una mayor participación modal de los viajes
en la ciudad, –15,1%– que los viajes en vehículo
particular –14,7%–.
Para
resolver el problema será necesario cambiar la forma
como funcionan tanto el transporte particular, como el transporte
público en la ciudad.
El
transporte particular crece fuera de control y supera de lejos
las tasas de crecimiento de la población de la ciudad.
Hoy hay más de un millón de carros particulares
circulando por la ciudad y las ventas vienen creciendo durante
los últimos cinco años a tasas superiores al
25%. Para 2008, la industria automotriz tiene presupuestado
vender 130.000 carros más en Bogotá. Por su
parte, el número de motocicletas registradas saltó
de 33.000 en 2003 a 102.305 en 2007.
Por
el lado del servicio público colectivo, el número
de vehículos creció en 7.250 unidades en los
últimos seis años, aunque el número de
pasajeros que se mueven anualmente por este medio bajó
en 50 millones entre 2005 y finales de 2006. Con la expansión
de la cobertura de Transmilenio, cada día se movilizan
por este medio cerca de 1,3 millones de personas. Sin embargo,
el transporte público sigue creciendo y la sobreoferta
de buses es cercana a los 10.000 vehículos, con bajos
niveles de ocupación. Por su parte, el número
de registros de taxis nuevos creció en 39.236 entre
2001 y 2007. Hoy tenemos alrededor de 52.000 taxis circulando
por la ciudad, con una sobreoferta de 17.000 vehículos,
de acuerdo con un informe del Observatorio de Movilidad de
la Cámara de Comercio.
La
situación es paradójica. Mientras existe un
gran porcentaje de los ciudadanos que realizan sus viajes
a pie, la sobreoferta de transporte público es evidente
para algunos sectores de la ciudad. En Bogotá, un vehículo
de transporte público moviliza 212 pasajeros diarios
en promedio, los estándares internacionales se ubican
en más de 500 pasajeros por día, de acuerdo
con el Observatorio de Movilidad.
Adicionalmente
está el tema del transporte de carga. Bogotá
es la ciudad que recibe mayor cantidad de carga del país,
con 13,1 millones de toneladas al año según
los datos más recientes del Ministerio de Transporte,
y la segunda que más origina, con 9,2 millones de toneladas
en el mismo año. Las vías de la capital no están
diseñadas para este tráfico. Según Leonardo
Sicard, consultor de la firma Araújo Ibarra, el tema
se ha manejado con medidas restrictivas, como la de no permitir
el ingreso de vehículos pesados a ciertas horas y áreas
de la ciudad, pero esto no es una solución porque las
empresas siguen necesitando maneras para movilizar su carga.
En consecuencia, las violaciones a las restricciones son permanentes
y es frecuente encontrarse camiones desocupando contenedores
o mercancía en vías importantes a las horas
de mayor tráfico. “El manejo de la carga ha sido
marginal en las decisiones de la ciudad”, puntualiza
Sicard.
Finalmente,
está el tema de la malla vial. El aumento del parque
automotor y las restricciones financieras han contribuido
a que el 46% del total de la malla vial se encuentre en mal
estado y otro 18% se encuentre en estado regular. El descuido
de la malla vial es uno de los problemas más grandes
que hereda el alcalde Samuel Moreno y existe una amplia expectativa
por la forma como él enfrentará este tema.
Estos
son los datos. ¿Por dónde empezar a desenredar
la maraña? Es necesario avanzar hacia un esquema donde
“todos ponen”. El trancón bogotano no se
resuelve actuando sobre elementos parciales. Hay que hacer
cambios de fondo y todos los involucrados vamos a tener que
sacrificar algo.
El
Sistema Integrado de Transporte
La
solución está inventada, aunque pocos bogotanos
la conocen. La propuesta es consolidar un Sistema Integrado
de Transporte Público (SITP), donde diferentes modalidades
de transporte se combinan en forma coherente para entregar
una solución a los ciudadanos. Los expertos en el tema
están de acuerdo en que la salida tiene que pasar por
un esquema de este tipo. Lo difícil, como siempre,
es ponerlo en práctica.
Para entender lo que podría ser el SITP, basta pensar
en el modelo de Transmilenio, pero aplicado a todas las modalidades
de transporte público en la ciudad. En otras palabras,
todos los buses pertenecerán a un solo sistema. La
ciudad se dividirá en ocho zonas y para cada una de
ellas existirá un operador que administrará
la circulación de los buses. El recaudo será
unificado. Las 66 empresas afiliadoras de buses desaparecerán
y serán sustituidas por unas cuantas empresas operadoras,
como ocurre hoy con Transmilenio.
El
SITP no se puede limitar a organizar los buses y colectivos.
Por el contrario, debe incluir de alguna manera los medios
alternativos de transporte e incluso los taxis, y en el largo
plazo el metro y el tren de cercanías. “La ciudad
no puede depender de Transmilenio o de los buses del transporte
colectivo. La multimodalidad es inevitable pues todos los
sistemas modernos trabajan con el principio de la redundancia.
Tienen que estar listos con una solución cuando alguna
parte del sistema deja de funcionar”, explica Mario
Noriega, experto en urbanismo.
Los
obstáculos
Si la solución está clara, ¿por qué
no ha sido puesta en marcha? El problema, como siempre, está
en los intereses particulares. Cada quien solamente quiere
ver la contribución que deben hacer los demás
y se olvida del esfuerzo individual que le corresponde.
El
primer paso es la solución del transporte público.
El esquema empresarial actual, en el cual 66 empresas afiliadoras
venden cupos a mas de 15.000 propietarios para que trabajen
unas rutas adjudicadas de manera anárquica, y donde
el pago de los conductores se hace en función de la
cantidad de pasajeros movilizados y no de la cantidad de kilómetros
recorridos, es completamente perverso. “La guerra del
centavo contribuye al aumento de la inseguridad vial, al desorden,
a la congestión y a la contaminación de la ciudad”,
dice David Luna, representante a la Cámara por Bogotá.
Los
empresarios del transporte han sido hasta ahora un obstáculo
fundamental para que se cumplan los programas de chatarrización
de buses y para el avance hacia un sistema integrado. Durante
la alcaldía de Lucho Garzón, ellos tuvieron
influencia y lograron mantener su posición sin mayores
problemas. Pero si Garzón apaciguó a este sector
y no tocó sus intereses, Samuel Moreno no podrá
darse ese lujo. La crisis de movilidad no se lo va a permitir.
Moreno tendrá que decidir si la herencia de su gobierno
será una ciudad colapsada por el tráfico, o
si podría ser recordado como el alcalde que desbloqueó
una de las mayores barreras para la calidad de vida en la
capital.
Articulo/Dinero.com
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